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¡Felices 90 años, Obelisco!

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El gigante blanco de Buenos Aires está de festejo este 23 de mayo de 2026. Lo que nació como una obra envuelta en polémicas y críticas furoces, hoy es el corazón indiscutido de la identidad argentina y un paso obligado para cualquier viajero que pise la «Reina del Plata».

Un ícono nacido en tiempo récord

Inaugurado en 1936 para celebrar los 400 años de la primera fundación de la ciudad, el Obelisco es obra del arquitecto Alberto Prebisch. Su construcción fue una verdadera proeza técnica: se levantó en solo 31 días gracias al trabajo de 157 obreros.

Sin embargo, su recepción no fue cálida. Los porteños de la época lo llamaban despectivamente «armatoste» o «punzón», e incluso en 1939 el Concejo Deliberante sancionó una ley para demolerlo. Por suerte, el intendente de aquel entonces vetó la decisión, salvando al que se convertiría en el mayor imán turístico del país.

El centro de todas las miradas

Con sus 67,5 metros de altura, el Obelisco no es solo cemento y piedra cordobesa. En su ubicación actual funcionaba la iglesia de San Nicolás de Bari, sitio donde se izó por primera vez la bandera nacional en la ciudad en 1812. Hoy, sus cuatro caras rinden homenaje a hitos fundamentales: las dos fundaciones de la ciudad, el primer izamiento del pabellón nacional y la federalización de Buenos Aires.

Lo que tenés que saber si lo visitás hoy:

Ascensor a la cima: Desde el año pasado, ya no es necesario subir los 206 escalones a pie para disfrutar de la vista. El nuevo sistema de ascenso permite llegar al mirador de forma cómoda.

Festejos de aniversario: Para este 90° aniversario, la Ciudad preparó un show de mapping nocturno y transformó la Avenida Corrientes en un gran escenario peatonal con música en vivo.

Punto de encuentro: Ya sea para celebrar un Mundial o para una manifestación cultural, todo sucede en la Plaza de la República. Es el kilómetro cero de la pasión argentina.

Curiosidad: Se dice que en la punta del monumento hay una «caja de hierro» que guarda una foto del jefe de obra y una carta para quienes, en algún futuro lejano, intenten demolerlo.

Subir a su mirador o simplemente sacarse la clásica foto desde la Diagonal Norte es entender por qué, 90 años después, Buenos Aires no sería la misma sin su gran vigía blanco.

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